XanGo el Jugo de la Fruta Entera del Mangostán


El Momento Cúantico de México

Posted in Historias de Éxito y Motivación por Carlos González Nogueda en junio 27, 2009

Santiago Pando

7 comentarios to 'El Momento Cúantico de México'

Subscribe to comments with RSS o TrackBack to 'El Momento Cúantico de México'.

  1. mangostan said,

    EL MOMENTO CUÁNTICO DE MÉXICO

    Santiago Pando

    Te sugerimos ver la película de la realidad nacional con la mirada limpia de prejuicios y el corazón abierto de par en par. Juzgar no es la mejor forma de comprender.

    La razón es el interruptor que apaga la luz interna.

    Y la razón es tan solo un conjunto de creencias; cuando éstas dejan de creerse, el sistema colapsa. Cualquier parecido con la realidad, es sincronía.

    El viejo sistema de creencias mexicano no está en crisis, está en agonía.

    Su edificación ha sido demolida. Sus vicios desnudados. Y su impunidad confesada públicamente. La serpiente mordiéndose su propia cola: símbolo oriental que representa la rueda de la muerte y la transformación.

    Todo colapso conlleva un nacimiento.

    Según una reciente encuesta de Gobernación, sólo el 4% de los ciudadanos aún le cree algo a los partidos políticos. Demoledor. Si los ciudadanos ya no se sienten representados por los partidos políticos, la pregunta entonces es: ¿a quién representan? Una democracia representativa sin ciudadanos, es un estado colapsado. Un sistema de procuración de justicia con un 98% de impunidad, es un estado colapsado. Un sistema político invadido de corrupción y complicidad es un estado colapsado. Una clase política cuya única razón de existir es sostener la mentira institucional y sus privilegios, es un estado colapsado.

    ¿A quién sorprende el crecimiento exponencial del crimen organizado cuando vemos ante nuestros ojos la impunidad descarada de los políticos? La realidad es un espejo.

    Si los políticos lucen tan pequeños es porque la conciencia ciudadana ha crecido a pasos agigantados. La luz de la verdad apaga los tamaños y razones de la mentira oficial.

    El viejo edificio ha sido demolido.

    Los únicos que no se dan cuenta son los que ya se acostumbraron a vivir bajo los escombros de la doble moral política. México está dando a luz una nueva conciencia ciudadana. La epidemia de influenza fue la depuración energética previa al nacimiento. Necesitaba el país una limpieza profunda. Teníamos que recordar que estamos interconectados: lo que le pasa a uno nos puede pasar a todos. Había que resguardarse unos días en el mundo interior. Crear el vacío indispensable para que la luz naciente ocupe su espacio vital.

    Si la mayoría de los ciudadanos ya no le cree a los partidos políticos, es porque empezamos a creer en nosotros mismos. Esa es la evolución mexicana.

    Primero fue la independencia, luego la revolución, ahora nos corresponde cerrar el tercer círculo, el de la evolución. Un despertar masivo de conciencia. Una toma de poder pacífica y amorosa. Dejar atrás el país de las víctimas y los culpables, para hacernos responsables de nuestro metro cuadrado.

    Uno que cree puede transformar la realidad.

    Creer es crear al mismo tiempo. No es suposición, es la gran posibilidad.

    Sincronía es cuando la probabilidad cuántica encuentra su propósito divino. Nacimos para crear y ser creados. Estamos hechos a imagen y semejanza del Creador. Para cambiar la realidad, antes hay que cambiar el sistema de creencias.

    Los ciudadanos hemos cambiado la forma de ver las cosas: ya nos dimos cuenta, por ejemplo, que ver la realidad a través del lente de los partidos políticos, es tener una vista muy corta, reducida, limitada, acotada, temerosa y principalmente, muy egoísta. La fuerza política viene de nuestra división. El poder ciudadano proviene de nuestra unión.

    El miedo divide, el amor une.

    Lo que hoy México necesita de nosotros es amor, cuidados y atención. Los ciudadanos sí podemos lograr lo que para los políticos es imposible: la reconciliación nacional. La unidad en un solo corazón. La luz de la verdad como visión de país. La paz como la palabra que se comparte. La alegría como el aire que se respira.
    El desenlace final del movimiento del 68, del despertar de la sociedad civil del 85, de la caída del sistema del 88, del ya basta zapatista del 94, y del ya ciudadano del 2000, es muy distinto al que hasta ahora el mundo de las apariencias nos muestra como realidad.

    Cuando las medias verdades chocan de frente, el espejo de la ilusión se rompe, y la luz desnuda la verdad oculta.

    Hoy la verdad superior de México somos los ciudadanos libres e independientes. Los que ya entendimos que el poder de uno es cuando estamos unidos todos: eso es la evolución.

    Pon tu mano en el corazón y vibrarás el nuevo amanecer del país. Y como dijo el Maestro Maya Don Lauro: hay que sonreír mucho porque esto va en serio.

    In lakesh, yo soy otro tú.

  2. mangostan said,

    MUERE UN SISTEMA, NACE UNA CONCIENCIA

    Si partimos de que un sistema es un conjunto de creencias, entonces estamos ante el derrumbe del sistema político mexicano. Por lo menos eso dice una encuesta de la Secretaría de Gobernación.

    Según los datos obtenidos, sólo el 4% de los mexicanos cree en los partidos políticos. El 66% cree que los procesos democráticos en México no son limpios. Y las cámaras de diputados y senadores tienen 7 y 8% de credibilidad, respectivamente.

    ¿Qué sucede cuándo un conjunto de creencias dejan de creerse? El sistema colapsa, evidentemente.

    Y todo colapso conlleva un nacimiento, en este caso, la conciencia colectiva. Es gracias al desastre político, que se puede anunciar un despertar de la conciencia ciudadana.

    La fuerza política se basa en la división, el poder ciudadano en la unión.

    Cuando el azul y el amarillo son igual de desastrosos que el rojo y el verde, a los ciudadanos sólo nos queda unirnos en el blanco. El punto de reunión es el corazón.

    El sistema muere cuando las personas logran la unidad.

    El fracaso de los partidos políticos, es el triunfo ciudadano. Muere un sistema, nace una conciencia. Ese es el brinco cuántico.

    La razón del viejo sistema es el edificio que se derrumba. El corazón ciudadano, el terremoto que lo provoca. Se nace por dentro, no por fuera. Es un movimiento interno, no aparente, hasta que irrumpe como volcán en erupción.

    Una verdad superior nos está naciendo, es el poder del todos somos uno. Dar a luz es una toma súbita de conciencia.

    Por eso es precedida por una locura colectiva. Hay que romper el estado de las cosas antes, para después lograr sostener la luz de la verdad superior.

    Es la evolución mexicana. El nuevo faro de luz del planeta.

  3. mangostan said,

    ESTRATEGIA PARA SUMARSE A LA OLA DE ENERGÍA TRANSFORMADORA DEL 2009.

    Mientras en los periódicos ya se habla de la posibilidad de que México se convierta este año en un Estado fallido, hay otra visión que anuncia un año luminoso para nuestro país.

    Y posiblemente ambas predicciones estén en lo correcto. Lo que habría que preguntarse entonces es: ¿de qué lado quiero estar?

    Un sistema es tan solo un conjunto de creencias. Cuando éstas dejan de creerse, el sistema colapsa. Cualquier parecido con la realidad es sincronía.

    El colapso es en sí mismo una transformación. Un colapso anuncia un nacimiento. Nacer es desgarrador y luminoso al mismo tiempo.

    La crisis es de credibilidad, por lo tanto, irreversible. Toda crisis es una posible transmutación. Estamos hablando de un cambio en el sistema de creencias.

    La vieja idea de que otro, llámese político, jefe, padre o hijo, me va salvar dejará de tener millones de creyentes.

    Sólo puede salvarme, yo mismo. Ese es el nuevo paradigma. Si yo cambio, cambia mi realidad. Si yo creo, las cosas suceden. Creer es crear.

    Si cambio la forma de ver las cosas, las cosas cambian de forma.

    El México de las víctimas y los culpables se transforma en el de los ciudadanos responsables.

    El México dividido se une en un solo corazón.

    El México del piensa mal y acertarás se convierte en el país de la fe en sí mismos.

    El pesimismo se vuelve creación y la apatía una acción colectiva.

    El sueño de Gómez Morín, un México de ciudadanos libres e independientes, se instaura como realidad nacional.

    El juego agotador de los buenos contra los malos, de la izquierda contra la derecha, termina por cansancio de todos los jugadores. Se inaugura un nuevo juego donde todos ganamos. Somos uno.

    La energía conservadora del miedo se despide para darle espacio a la energía transformadora del corazón.

    La interconexión es la palabra clave del año 2009. Todos estamos interconectados. Si uno tiene miedo e inseguridad, vamos a tenerlo todos. Si a uno le va bien, nos va bien a todos.

    Al corazón te conectas, al miedo te enchufan, esa es la diferencia.

    Miedo a la crisis o bendita oportunidad de cambiar lo que ya no funciona, de limpiar la casa.

    En el año 2000 ganamos los ciudadanos. Eso fue lo que al final no acabaron de entender los partidos políticos en general. Esa energía creada ese día histórico ha seguido creciendo y fortaleciéndose hasta lograr, este año 2009, la posibilidad de cristalizarse en un Ser de luz colectivo. El Ser en acción.

    2009 es el año del puede ser. Si le abres la puerta al puede ser, el Ser te demostrará lo que puede.

    México está listo para el nacimiento de esta nueva conciencia colectiva, el Cristo Cósmico le llaman, entre otros, los Mayas.

    La energía nueva se basa en la unión de corazones, ya no en la dualidad.
    Es transformadora, no conservadora. Es luminosa como la fe, y no oscura como el pesimismo. Es activa, no apática. Es femenina, porque es creadora.

    Es blanca y pacífica porque es la unión de todos los colores.
    Es la re-evolución mexicana. Ciudadana.

    ¿De qué lado quieres estar? Esa es la única pregunta que hay que responder en el 2009. Es el año de la toma de conciencia. Y de la gran decisión.

    -Santiago Pando

  4. mangostan said,

    LA ALEGRÍA QUE ES LA TRISTEZA
    Una historia de muerte y renacimiento que todo mundo debería conocer.

    Esquela de vida:
    Hablar de la muerte no es fácil hasta que te toca verla de cerca. Sentir su miedo ancestral primero. Después su fuerza y encanto. Y por último su belleza y naturalidad. La muerte es un vacío profundo. Es el momento de plenitud de la vida. La vida y la muerte son lo mismo. Al igual que la alegría y la tristeza.
    Tuvimos la fortuna, dicha, de vivir el deceso de nuestros padres, que más que muerte fue una comunión de vida eterna. Trascendieron como vivieron: juntos y de la mano.

    FIELES HASTA QUE LA MUERTE LOS UNIÓ EN LA ETERNIDAD.
    Don Antonio, estando en el hospital donde varias veces le habían salvado la vida, cruzó el umbral en los brazos de Doña Marcela el 20 de octubre del 2008. Minutos después, Doña Marcela, fuerte y sana, sufrió un derrame que le provocó muerte cerebral. Todavía su sano cuerpo le guardó duelo a la memoria de su amado durante tres días. Para después elevarse con la misión cumplida y el rostro en paz.
    Uno de los doctores de Don Antonio, en el hospital ABC, nos contó, que Doña Marcela una vez le había dicho: cuando él se vaya, yo me voy. Para sus adentros el doctor se dijo: quiero creerle señora, pero científicamente eso es imposible.
    Al final Doña Marcela, con su ejemplo, nos demostró a todos que el corazón sabe cosas que la ciencia aún desconoce. Ella lo creyó, y acabó creándolo como su destino final. Creer es crear. Y la fe es el poder creador.
    El poder del corazón es vida y muerte al mismo tiempo. Es lo bien y lo mal caminando juntos de la mano unidos y en paz. Es el hombre y la mujer haciendo el amor en la oscuridad de la luz del sol dibujando la sonrisa de la luna. Es el cielo y la tierra compartiendo puertas y ventanas. Es la alegría y la tristeza desnudas, sin culpas y sin miedos.
    La tristeza es perderlos, la alegría es que en realidad los ganamos de otra manera. La tristeza es no verlos más en su casa, la alegría es que ahora están en todos lados. La tristeza es la ausencia, la alegría es su Presencia.
    La alegría cuando está triste llora, la tristeza cuando está alegre sonríe.
    Doña Marcela y Don Antonio representan la alegría y la tristeza abrazados hasta el final del principio.
    La muerte es un principio triste porque la vida es un final feliz. En verdad no hay separación alguna entre la vida y la muerte, como por siglos nos han hecho creer. Son UNO mismo. Cuando se le pierde el miedo a la muerte, la vida se convierte en un milagro a cada instante. Y la muerte es el milagro más bello de la vida: es el renacimiento.
    Si cambias la forma de ver las cosas, las cosas cambian de forma.
    Nuestros padres simplemente cambiaron de forma. Y nosotros cambiamos la forma de ver las cosas. Esa es la máxima enseñanza que nos heredaron.
    Enseñar es poner el ejemplo con tu propia vida. MUCHAS GRACIAS.

    A Don Antonio Pando y Doña Marcela Marino.
    De sus hijos: Antonio, Santiago, Andrés y Marcela.
    Octubre del 2008, fecha del punto de quiebre.
    Santiago Pando

  5. mangostan said,

    La raza cósmica. Misión de la raza iberoamericana
    José Vasconcelos
    (1882-1959)
    La raza cósmica, en Obras Completas, t. II, México: Libreros Mexicanos, 1958, p. 903-942.
    Prólogo
    Es tesis central del presente libro que las distintas razas del mundo tienden a mezclarse cada vez más, hasta formar un nuevo tipo humano, compuesto con la selección de cada uno de los pueblos existentes…
    Queda, sin embargo, por averiguar si la mezcla ilimitada e inevitable es un hecho ventajoso para el incremento de la cultura o si, al contrario, ha de producir decadencias, que ahora ya no sólo serían nacionales, sino mundiales. Problema que revive la pregunta que se ha hecho a menudo el mestizo: «¿Puede compararse mi aportación a la cultura con la obra de las razas relativamente puras que han hecho la historia hasta nuestros días, los griegos, los romanos, los europeos?». Y dentro de cada pueblo, ¿cómo se comparan los períodos de mestizaje con los períodos de «homogeneidad racial creadora»?
    I. El mestizaje
    Desde los primeros tiempos, desde el descubrimiento y la conquista, fueron castellanos y británicos, o latinos y sajones, para incluir por una parte a los portugueses y por otra al holandés, los que consumaron la tarea de iniciar un nuevo período de la Historia conquistando y poblando el hemisferio nuevo. Aunque ellos mismos solamente se hayan sentido colonizadores, trasplantadores de cultura, en realidad establecían las bases de una etapa de general y definitiva transformación. Los llamados latinos, poseedores de genio y de arrojo, se apoderaron de las mejores regiones, de las que creyeron más ricas, y los ingleses, entonces, tuvieron que conformarse con lo que les dejaban gentes más aptas que ellos. Ni España ni Portugal permitían que a sus dominios se acercase el sajón, ya no digo para guerrear, ni siquiera para tomar parte en el comercio. El predominio latino fue indiscutible en los comienzos. Nadie hubiera sospechado, en los tiempos del laudo papal que dividió el Nuevo Mundo entre Portugal y España, que unos siglos más tarde ya no sería el Nuevo Mundo portugués ni español, sino más bien inglés. Nadie hubiera imaginado que los humildes colonos del Hudson y del Delaware, pacíficos y hacendosos, se irían apoderando paso a paso de las mejores y mayores extensiones de la tierra, hasta formar la república que hoy constituye uno de los mayores imperios de la Historia.
    Pugna de latinidad contra sajonismo ha llegado a ser, y sigue siendo, nuestra época; pugna de instituciones, de propósitos y de ideales. Crisis de una lucha secular que se inicia con el desastre de la Armada Invencible y se agrava con la derrota de Trafalgar. Sólo que desde entonces el sitio del conflicto comienza a desplazarse y se traslada al continente nuevo, donde tuvo todavía episodios fatales. Las derrotas de Santiago de Cuba y de Cavite y Manila son ecos distantes pero lógicos de las catástrofes de la Invencible y de Trafalgar. Y el conflicto está ahora planteado totalmente en el Nuevo Mundo. En la Historia, los siglos suelen ser como días; nada tiene de extraño que no acabemos todavía de salir de la impresión de la derrota. Atravesamos épocas de desaliento, seguimos perdiendo no sólo en soberanía geográfica, sino también en poderío moral. Lejos de sentirnos unidos frente al desastre, la voluntad se nos dispersa en pequeños y vanos fines. La derrota nos ha traído la confusión de los valores y los conceptos; la diplomacia de los vencedores nos engaña después de vencernos; el comercio nos conquista con sus pequeñas ventajas. Despojados de la antigua grandeza, nos ufanamos de un patriotismo exclusivamente nacional, y ni siquiera advertimos los peligros que amenazan a nuestra raza en conjunto. Nos negamos los unos a los otros. La derrota nos ha envilecido a tal punto que, sin darnos cuenta, servimos los fines de la política enemiga de batirnos en detalle, de ofrecer ventajas particulares a cada uno de nuestros hermanos, mientras al otro se le sacrifica en intereses vitales. No sólo nos derrotaron en el combate; ideológicamente también nos siguen venciendo. Se perdió la mayor de las batallas el día en que cada una de las repúblicas ibéricas se lanzó a hacer vida propia, vida desligada de sus hermanos (concertando tratados y recibiendo beneficios falsos), sin atender a los intereses comunes de la raza. Los creadores de nuestro nacionalismo fueron, sin saberlo, los mejores aliados del sajón, nuestro rival en la posesión del Continente. El despliegue de nuestras veinte banderas en la Unión panamericana de Washington deberíamos verlo como una burla de enemigos hábiles. Sin embargo, nos ufanamos cada uno de nuestro humilde trapo, que dice ilusión vana, y ni siquiera nos ruboriza el hecho de nuestra discordia delante de la fuerte unión norteamericana. No advertimos el contraste de la unidad sajona frente a la anarquía y soledad de los escudos iberoamericanos. Nos mantenemos celosamente independientes respecto de nosotros mismos; pero de una o de otra manera nos sometemos o nos aliamos con la Unión sajona. Ni siquiera se ha podido lograr la unidad nacional de los cinco pueblos centroamericanos, porque no ha querido darnos su venia un extraño y porque nos falta el patriotismo verdadero que sacrifique el presente al porvenir. Una carencia de pensamiento creador y un exceso de afán crítico, que por cierto tomamos prestado de otras culturas, nos lleva a discusiones estériles, en las que tan pronto se niega como se afirma la comunidad de nuestras aspiraciones; pero no advertimos que a la hora de obrar, y pese a todas las dudas de los sabios ingleses, el inglés busca la alianza de sus hermanos de América y de Australia, y entonces el yanqui se siente tan inglés como el inglés en Inglaterra. Nosotros no seremos grandes mientras el español de la América no se sienta tan español como los hijos de España. Lo cual no impide que seamos distintos cada vez que sea necesario, pero sin apartarnos de la más alta misión común. Así es menester que procedamos, si hemos de lograr que la cultura ibérica acabe de dar todos sus frutos, si hemos de impedir que en la América triunfe sin oposición a la cultura sajona. Inútil es imaginar otras soluciones. La civilización no se improvisa ni se trunca, ni puede hacerse partir del papel de una constitución política; se deriva siempre de una larga, de una secular preparación y depuración de elementos que se transmiten y se combinan desde los comienzos de la Historia. Por eso resulta tan torpe hacer comenzar nuestro patriotismo con el grito de independencia del padre Hidalgo, o con la conspiración de Quito, o con las hazañas de Bolívar, pues si no lo arraigamos en Cuauhtémoc y en Atahualpa no tendrá sostén, y al mismo tiempo es necesario remontarlo a su fuente hispánica y educarlo en las enseñanzas que deberíamos derivar de las derrotas, que son también nuestras, de las derrotas de la Invencible y de Trafalgar. Si nuestro patriotismo no se identifica con las diversas etapas del viejo conflicto de latinos y sajones, jamás lograremos que sobrepase los caracteres de un regionalismo sin aliento universal, y lo veremos fatalmente degenerar en estrechez y miopía de campanario y en inercia impotente de molusco que se apega a su roca.
    Para no tener que renegar alguna vez de la patria misma, es menester que vivamos conforme al alto interés de la raza, aun cuando éste no sea todavía el más alto interés de la humanidad. Es claro que el corazón sólo se conforma con un internacionalismo cabal; pero en las actuales circunstancias del mundo, el internacionalismo sólo serviría para acabar de consumar el triunfo de las naciones más fuertes; serviría exclusivamente a los fines del inglés. Los mismos rusos, con sus doscientos millones de población, han tenido que aplazar su internacionalismo teórico, para dedicarse a apoyar nacionalidades oprimidas como la India y Egipto. A la vez han reforzado su propio nacionalismo para defenderse de una desintegración que sólo podría favorecer a los grandes estados imperialistas. Resultaría, pues, infantil que pueblos débiles como los nuestros se pusieran a renegar de todo lo que les es propio, en nombre de propósitos que no podrían cristalizar en realidad. El estado actual de la civilización nos impone todavía el patriotismo como una necesidad de defensa de intereses materiales y morales, pero es indispensable que ese patriotismo persiga finalidades vastas y trascendentales. Su misión se truncó en cierto sentido con la independencia, y ahora es menester devolverlo al cauce de su destino histórico universal…
    Los antiguos colonos de Nueva Inglaterra y de Virginia se separaron de Inglaterra, pero sólo para crecer mejor y hacerse más fuertes. La separación política nunca ha sido entre ellos obstáculo para que en el asunto de la común misión étnica se mantengan unidos y acordes. La emancipación, en vez de debilitar a la gran raza, la bifurcó, la multiplicó, la desbordó poderosa sobre el mundo; desde el núcleo imponente de uno de los más grandes imperios que han conocido los tiempos. Y ya desde entonces, lo que no conquista el inglés en las Islas, se lo toma y lo guarda el inglés del nuevo continente.
    En cambio, nosotros, los españoles por la sangre o por la cultura, a la hora de nuestra emancipación comenzamos por renegar de nuestras tradiciones; rompimos con el pasado y no faltó quien renegara la sangre diciendo que hubiera sido mejor que la conquista de nuestras regiones la hubiesen consumado los ingleses. Palabras de traición que se excusan por el acto que engendra la tiranía y por la ceguedad que trae la derrota. Pero perder por esta suerte el sentido histórico de una raza equivale a un absurdo, es lo mismo que negar a los padres fuertes y sabios cuando somos nosotros mismos, no ellos, los culpables de la decadencia…
    A pesar de esta firme cohesión ante un enemigo invasor, nuestra guerra de independencia se vio amenguada por el provincialismo y por la ausencia de planes trascendentales. La raza que había soñado con el imperio del mundo, los supuestos descendientes de la gloria romana, cayeron en la pueril satisfacción de crear nacioncitas y soberanías de principado, alentadas por almas que en cada cordillera veían un muro y no una cúspide. Glorias balcánicas soñaron nuestros emancipadores, con la ilustre excepción de Bolívar y Sucre y Petión, el negro, y media docena más, a lo sumo. Pero los otros, obsesionados por el concepto local y enredados en una confusa fraseología seudo-revolucionaria, sólo se ocuparon en empequeñecer un conflicto que pudo haber sido el principio del despertar de un continente. Dividir, despedazar el sueño de un gran poderío latino, tal parecía ser el propósito de ciertos prácticos ignorantes que colaboraron en la independencia, y dentro de ese movimiento merecen puesto de honor; pero no supieron, no quisieron, ni escuchar las advertencias geniales de Bolívar.
    Claro que en todo proceso social hay que tener en cuenta las causas profundas, inevitables, que determinan un momento dado. Nuestra geografía, por ejemplo, era y sigue siendo un obstáculo de la unión; pero si hemos de dominarlo será menester que antes pongamos en orden el espíritu, depurando las ideas y señalando orientaciones precisas. Mientras no logremos corregir los conceptos, no será posible que obremos sobre el medio físico en tal forma que lo hagamos servir a nuestro propósito.
    En México, por ejemplo, fuera de Mina, casi nadie pensó en los intereses del Continente; peor aún, el patriotismo vernáculo estuvo enseñando, durante un siglo, que triunfamos de España gracias al valor indomable de nuestros soldados, y casi ni se mencionan las cortes de Cádiz ni el levantamiento contra Napoleón, que electriza la raza, ni las victorias y martirios de los pueblos hermanos del Continente. Este pecado común a cada una de nuestras patrias, es resultado de épocas en que la Historia se escribe para halagar a los déspotas. Entonces la patriotería no se conforma con presentar a sus héroes como unidades de un movimiento continental, y los presenta autónomos, sin darse cuenta que al obrar de esta suerte los empequeñece en vez de agrandarlos.
    Se explican también estas aberraciones porque el elemento indígena no se había fusionado, no se ha fusionado aún en su totalidad, con la sangre española; pero esta discordia es más aparente que real. Háblese al más exaltado indianista de la conveniencia de adaptarnos a la latinidad y no opondrá el menor reparo; dígasele que nuestra cultura es española y enseguida formulará objeciones. Subsiste la huella de la sangre vertida, huella maldita que no borran los siglos, pero que el peligro común debe anular. Y no hay otro recurso. Los mismos indios puros están españolizados, están latinizados, como está latinizado el ambiente. Dígase lo que se quiera, los rojos, los ilustres atlantes de quienes viene el indio, se durmieron hace millares de años para no despertar. En la Historia no hay retornos, porque toda ella es transformación y novedad. Ninguna raza vuelve; cada una plantea su misión, la cumple y se va. Esta verdad rige lo mismo en los tiempos bíblicos que en los nuestros; todos los historiadores antiguos la han formulado. Los días de los blancos puros, los vencedores de hoy, están tan contados como lo estuvieron los de sus antecesores. Al cumplir su destino de mecanizar el mundo, ellos mismos han puesto, sin saberlo, las bases de un período nuevo, el período de la fusión y la mezcla de todos los pueblos. El indio no tiene otra puerta hacia el porvenir que la puerta de la cultura moderna, ni otro camino que el camino ya desbrozado de la civilización latina. También el blanco tendrá que deponer su orgullo, y buscará progreso y redención posterior en el alma de sus hermanos de las otras castas, y se confundirá y se perfeccionará en cada una de las variedades superiores de la especie, en cada una de las modalidades que tornan múltiple la revelación y más poderoso el genio…
    Reconozcamos que fue una desgracia no haber procedido con la cohesión que demostraron los del norte; la raza prodigiosa, a la que solemos llenar de improperios sólo porque nos ha ganado cada partida de la lucha secular. Ella triunfa porque aduna sus capacidades prácticas con la visión clara de un gran destino. Conserva presente la intuición de una misión histórica definida, en tanto que nosotros nos perdemos en el laberinto de quimeras verbales. Parece que Dios mismo conduce los pasos del sajonismo, en tanto que nosotros nos matamos por el dogma o nos proclamamos ateos. ¡Cómo deben de reír de nuestros desplantes y vanidades latinas estos fuertes constructores de imperios! Ellos no tienen en la mente el lastre ciceroniano de la fraseología, ni en la sangre los instintos contradictorios de la mezcla de razas disímiles; pero cometieron el pecado de destruir esas razas, en tanto que nosotros las asimilamos, y esto nos da derechos nuevos y esperanzas de una misión sin precedente en la Historia.
    De aquí que los tropiezos adversos no nos inclinen a claudicar; vagamente sentimos que han de servirnos para descubrir nuestra ruta. Precisamente, en las diferencias encontramos el camino; si no más imitamos, perdemos; si descubrimos, si creamos, triunfaremos. La ventaja de nuestra tradición es que posee mayor facilidad de simpatía con los extraños. Esto implica que nuestra civilización, con todos sus defectos, puede ser elegida para asimilar y convertir a un nuevo tipo a todos los hombres. En ella se prepara de esta suerte la trama, el múltiple y rico plasma de la humanidad futura. Comienza a advertirse este mandato de la Historia en esa abundancia de amor que permitió a los españoles crear una raza nueva con el indio y con el negro; prodigando la estirpe blanca a través del soldado que engendraba familia indígena y la cultura de Occidente por medio de la doctrina y el ejemplo de los misioneros que pusieron al indio en condiciones de penetrar en la nueva etapa, la etapa del mundo Uno. La colonización española creó mestizaje; esto señala su carácter, fija su responsabilidad y define su porvenir. El inglés siguió cruzándose sólo con el blanco y exterminó al indígena; lo sigue exterminando en la sorda lucha económica, más eficaz que la conquista armada. Esto prueba su limitación y es el indicio de su decadencia. Equivale, en grande, a los matrimonios incestuosos de los faraones que minaron la virtud de aquella raza, y contradice el fin ulterior de la Historia, que es lograr la fusión de los pueblos y las culturas. Hacer un mundo inglés; exterminar a los rojos, para que en toda la América se renueve el norte de Europa, hecho de blancos puros, no es más que repetir el proceso victorioso de una raza vencedora. Ya esto lo hicieron los rojos; lo han hecho o lo han intentado todas las razas fuertes y homogéneas; pero eso no resuelve el problema humano; para un objetivo tan menguado no se quedó en reserva cinco mil años la América. El objeto del continente nuevo y antiguo es mucho más importante. Su predestinación obedece al designio de constituir la cuna de una raza quinta en la que se fundirán todos los pueblos, para reemplazar a las cuatro que aisladamente han venido forjando la Historia. En el suelo de América hallará término la dispersión, allí se consumará la unidad por el triunfo del amor fecundo, y la superación de todas las estirpes.
    Y se engendrará, de tal suerte, el tipo síntesis que ha de juntar los tesoros de la Historia, para dar expresión al anhelo total del mundo.
    Los pueblos llamados latinos, por haber sido más fieles a su misión divina de América, son los llamados a consumarla. Y tal fidelidad al oculto designio es la garantía de nuestro triunfo.
    En el mismo período caótico de la independencia, que tantas censuras merece, se advierten, sin embargo, vislumbres de ese afán de universalidad que ya anuncia el deseo de fundir lo humano en un tipo universal y sintético. Desde luego, Bolívar, en parte porque se dio cuenta del peligro en que caíamos, repartidos en nacionalidades aisladas y también por su don de profecía, formuló aquel plan de federación iberoamericana que ciertos necios todavía hoy discuten.
    Y si los demás caudillos de la independencia latinoamericana, en general, no tuvieron un concepto claro del futuro; si es verdad que llevados del provincialismo, que hoy llamamos patriotismo, o de la limitación, que hoy se titula soberanía nacional, cada uno se preocupó no más que de la suerte inmediata de su propio pueblo, también es sorprendente observar que casi todos se sintieron animados de un sentimiento humano universal que coincide con el destino que hoy asignamos al continente iberoamericano. Hidalgo, Morelos, Bolívar, Petión el haitiano, los argentinos en Tucumán, Sucre, todos se preocuparon de libertar a los esclavos, de declarar la igualdad de todos los hombres por derecho natural; la igualdad social y cívica de los blancos, negros e indios. En un instante de crisis histórica, formularon la misión trascendental asignada a aquella zona del globo: misión de fundir étnica y espiritualmente a las gentes.
    De tal suerte se hizo en el bando latino lo que nadie ni pensó hacer en el continente sajón. Allí siguió imperando la tesis contraria, el propósito confesado o tácito de limpiar la tierra de indios, mogoles y negros, para mayor gloria y ventura del blanco. En realidad, desde aquella época quedaron bien definidos los sistemas que, perdurando hasta la fecha, colocan en campos sociológicos opuestos a las dos civilizaciones: la que quiere el predominio exclusivo del blanco y la que está formando una raza nueva, raza de síntesis, que aspira a englobar y expresar todo lo humano en maneras de constante superación. Si fuese menester aducir pruebas, bastaría observar la mezcla creciente y espontánea que en todo el continente latino se opera entre todos los pueblos y, por la otra parte, la línea inflexible que separa al negro del blanco en los Estados Unidos, y las leyes, cada vez más rigurosas, para la exclusión de los japoneses y chinos de California.
    Los llamados latinos, tal vez porque desde un principio no son propiamente tales latinos, sino un conglomerado de tipos y razas, persisten en no tomar muy en cuenta el factor étnico para sus relaciones sexuales. Sean cuales fueren las opiniones que a este respecto se emitan, y aun la repugnancia que el prejuicio nos causa, lo cierto es que se ha producido y se sigue consumando la mezcla de sangres. Y es en esta fusión de estirpes donde debemos buscar el rasgo fundamental de la idiosincrasia iberoamericano. Ocurrirá algunas veces, y ha ocurrido ya, en efecto, que la competencia económica nos obligue a cerrar nuestras puertas, tal como lo hace el sajón, a una desmedida irrupción de orientales. Pero, al proceder de esta suerte, nosotros no obedecemos más que a razones de orden económico; reconocemos que no es justo que pueblos como el chino, que bajo el santo consejo de la moral confuciana se multiplican como los ratones, vengan a degradar la condición humana, justamente en los instantes en que comenzamos a comprender que la inteligencia sirve para frenar y regular bajos instintos zoológicos, contrarios a un concepto verdaderamente religioso de la vida. Si los rechazamos es porque el hombre, a medida que progresa, se multiplica menos y siente el horror del número, por lo mismo que ha llegado a estimar la calidad. En los Estados Unidos rechazan a los asiáticos por el mismo temor del desbordamiento físico propio de las especies superiores; pero también lo hacen porque no les simpatiza el asiático; porque desdeñan y serían incapaces de cruzarse con él. Las señoritas de San Francisco se han negado a bailar con oficiales de la marina japonesa, que son hombres tan aseados, inteligentes y, a su manera, tan bellos como los de cualquiera otra marina del mundo. Sin embargo, ellas jamás comprenderían que un japonés pueda ser bello. Tampoco es fácil convencer al sajón de que si el amarillo y el negro tienen su tufo, también el blanco lo tiene para el extraño, aunque nosotros no nos demos cuenta de ello. En la América Latina existe, pero infinitamente más atenuada, la repulsión de una sangre que se encuentra con otra sangre extraña. Allí hay mil puentes para la fusión sincera y cordial de todas las razas. El amurallamiento étnico de los del norte frente a la simpatía mucho más fácil de los del sur, tal es el dato más importante, y a la vez más favorable, para nosotros, si se reflexiona, aunque sea superficialmente, en el porvenir. Pues se verá enseguida que somos nosotros de mañana, en tanto que ellos van siendo de ayer. Acabarán de formar los yanquis el último gran imperio de una sola raza: el imperio final del poderío blanco. Entre tanto, nosotros seguiremos padeciendo en el vasto caos de una estirpe en formación, contagiados de la levadura de todos los tipos, pero seguros del avatar de una estirpe mejor. En la América española ya no repetirá la Naturaleza uno de sus ensayos parciales, ya no será la raza de un solo color, de rasgos particulares, la que en esta vez salga de la olvidada Atlántida; no será la futura ni una quinta ni una sexta raza, destinada a prevalecer sobre sus antecesoras; lo que de allí va a salir es la raza definitiva, la raza síntesis o raza integral, hecha con el genio y con la sangre de todos los pueblos y, por lo mismo, más capaz de verdadera fraternidad y de visión realmente universal.
    Para acercarnos a este propósito sublime es preciso ir creando, como si dijéramos, el tejido celular que ha de servir de carne y sostén a la nueva aparición biológica. Y a fin de crear ese tejido proteico, maleable, profundo, etéreo y esencial, será menester que la raza iberoamericana se penetre de su misión y la abrace como un misticismo.
    Quizás no haya nada inútil en los procesos de la Historia; nuestro mismo aislamiento material y el error de crear naciones nos ha servido, junto con la mezcla original de la sangre, para no caer en la limitación sajona de constituir castas de raza pura. La Historia demuestra que estas selecciones prolongadas y rigurosas dan tipos de refinamiento físico; curiosos, pero sin vigor; bellos con una extraña belleza, como la de la casta brahmánica milenaria, pero a la postre decadentes. Jamás se ha visto que aventajen a los otros hombres ni en talento, ni en bondad, ni en vigor. El camino que hemos iniciado nosotros es mucho más atrevido, rompe los prejuicios antiguos y casi no se explicaría si no se fundase en una suerte de clamor que llega de una lejanía remota, que no es la del pasado, sino la misteriosa lejanía de donde vienen los presagios del porvenir.
    Si la América Latina fuese no más otra España, en el mismo grado que los Estados Unidos son otra Inglaterra, entonces la vieja lucha de las dos estirpes no haría otra cosa que repetir sus episodios en la tierra más vasta y uno de los dos rivales acabaría por imponerse y llegaría a prevalecer. Pero no es ésta la ley natural de los choques, ni en la mecánica ni en la vida. La oposición y la lucha, particularmente cuando ellos se trasladan al campo del espíritu, sirven para definir mejor los contrarios, para llevar a cada uno a la cúspide de su destino, y, a la postre, para sumarlos en una común y victoriosa superación.
    La misión del sajón se ha cumplido más pronto que la nuestra, porque era más inmediata y ya conocida en la Historia; para cumplirla no había más que seguir el ejemplo de otros pueblos victoriosos. Meros continuadores de Europa en la región del continente que ellos ocuparon, los valores del blanco llegaron al cenit. He ahí por qué la historia de Norteamérica es como un ininterrumpido y vigoroso allegro de marcha triunfal.
    ¡Cuán distintos los sones de la formación iberoamericana! Semejan al profundo scherzo de una sinfonía infinita y honda; voces que traen acentos de la Atlántida, abismos contenidos en la pupila del hombre rojo, que supo tanto, hace tantos miles de años, y ahora parece que se ha olvidado de todo. Se parece su alma al viejo cenote maya, de aguas verdes, profundas, inmóviles, en el centro del bosque, desde hace tantos siglos que ya ni su leyenda perdura. Y se remueve esta quietud de infinito, con la gota que en nuestra sangre pone el negro, ávido de dicha sensual, ebrio de danzas y desenfrenadas lujurias. Asoma también el mogol con el misterio de su ojo oblicuo, que toda cosa la mira conforme a un ángulo extraño, que descubre no sé qué pliegues y dimensiones nuevas. Interviene asimismo la mente clara del blanco, parecida a su tez y a su ensueño. Se revelan estrías judaicas que se escondieron en la sangre castellana desde los días de la cruel expulsión; melancolías del árabe, que son un dejo de la enfermiza sensualidad musulmana; ¿quién no tiene algo de todo esto o no desea tenerlo todo? He ahí al hindú, que también llegará, que ha llegado ya por el espíritu y aunque es el último en venir parece el más próximo pariente. Tantos que han venido y otros que vendrán, y así se nos ha de ir haciendo un corazón sensible y ancho que todo lo abarca y contiene y se conmueve; pero, henchido de vigor, impone leyes nuevas al mundo. Y presentimos como otra cabeza, que dispondrá de todos los ángulos para cumplir el prodigio de superar a la esfera.
    II
    Después de examinar las potencialidades remotas y próximas de la raza mixta que habita el continente iberoamericano y el destino que la lleva a convertirse en la primera raza síntesis del globo, se hace necesario investigar si el medio físico en que se desarrolla dicha estirpe corresponde a los fines que le marca su biótica. La extensión de que ya dispone es enorme; no hay, desde luego, problema de superficie. La circunstancia de que sus costas no tienen muchos puertos de primera clase casi no tiene importancia, dados los adelantos crecientes de la ingeniería. En cambio, lo que es fundamental abunda en cantidad superior, sin duda, a cualquiera otra región de la tierra: recursos naturales, superficie cultivable y fértil, agua y clima. Sobre este último factor se adelantará, desde luego, una objeción: el clima, se dirá, es adverso a la nueva raza, porque la mayor parte de las tierras disponibles está situada en la región más cálida del globo. Sin embargo, tal es, precisamente, la ventaja y el secreto de su futuro. Las grandes civilizaciones se iniciaron entre trópicos y la civilización final volverá al trópico. La nueva raza comenzará a cumplir su destino a medida que se inventen los nuevos medios de combatir el calor en lo que tiene de hostil para el hombre, pero dejándole todo su poderío benéfico para la producción de la vida. El triunfo del blanco se inició con la conquista de la nieve y del frío. La base de la civilización blanca es el combustible. Sirvió primeramente de protección en los largos inviernos; después se advirtió que tenía una fuerza capaz de ser utilizada no sólo en el abrigo, sino también en el trabajo; entonces nació el motor, y, de esta suerte, del fogón y de la estufa procede todo el maquinismo que está transformando al mundo. Una invención semejante hubiera sido imposible en el cálido Egipto y, en efecto, no ocurrió allá, a pesar de que aquella raza superaba infinitamente en capacidad intelectual a la raza inglesa. Para comprobar esta última afirmación, basta comparar la metafísica sublime del Libro de los Muertos de los sacerdotes egipcios con las chabacanerías del darwinismo spenceriano. El abismo que separa a Spencer de Hermes Trimegisto no lo franquea el dolicocéfalo rubio ni en otros mil años de adiestramiento y selección…
    Supuesta, pues, la conquista del trópico por medio de los recursos científicos, resulta que vendrá un período en el cual la humanidad entera se establecerá en las regiones cálidas del planeta. La tierra de promisión estará entonces en la zona que hoy comprende el Brasil entero, más Colombia, Venezuela, Ecuador, parte de Perú, parte de Bolivia y la región superior de la Argentina…
    Naturalmente, la quinta raza no pretenderá excluir a los blancos, como no se propone excluir a ninguno de los demás pueblos; precisamente la norma de su formación es el aprovechamiento de todas las capacidades para mayor integración del poder. No es la guerra contra el blanco nuestra mira, pero sí una guerra contra toda clase de predominio violento, lo mismo el del blanco que, en su caso, el del amarillo, si el Japón llegare a convertirse en amenaza continental. Por lo que hace al blanco y a su cultura, la quinta raza cuenta ya con ellos y todavía espera beneficios de su genio. La América latina debe lo que es al europeo blanco y no va a renegar de él; al mismo norteamericano le debe gran parte de sus ferrocarriles y puentes y empresas, y de igual suerte necesita de todas las otras razas. Sin embargo, aceptamos los ideales superiores del blanco, pero no su arrogancia; queremos brindarle, lo mismo que a todas las gentes, una patria libre en la que encuentre hogar y refugio, pero no una prolongación de sus conquistas. Los mismos blancos, descontentos del materialismo y de la injusticia social en que ha caído su raza, la cuarta raza, vendrán a nosotros para ayudar en la conquista de la libertad. Quizás entre todos los caracteres de la quinta raza predominen los caracteres del blanco, pero tal supremacía debe ser fruto de elección libre del gusto y no resultado de la violencia o de la presión económica. Los caracteres superiores de la cultura y de la naturaleza tendrán que triunfar, pero ese triunfo sólo será firme si se funda en la aceptación voluntaria de la conciencia y en la elección libre de la fantasía. Hasta la fecha, la vida ha recibido su carácter de las potencias bajas del hombre; la quinta raza será el fruto de las potencias superiores. La quinta raza no excluye; acapara vida; por eso la exclusión del yanqui, como la exclusión de cualquier otro tipo humano, equivaldría a una mutilación anticipada, más funesta aún que un corte posterior. Si no queremos excluir ni a las razas que pudieran ser consideradas como inferiores, mucho menos cuerdo sería apartar de nuestra empresa a una raza llena de empuje y de firmes virtudes sociales.
    Expuesta ya la teoría de la formación de la raza futura iberoamericana y la manera como podrá aprovechar el medio en que vive, resta sólo considerar el tercer factor de la transformación que se verifica en el nuevo continente; el factor espiritual que ha de dirigir y consumar la extraordinaria empresa. Se pensará, tal vez, que la fusión de las distintas razas contemporáneas en una nueva que complete y supere a todas, va a ser un proceso repugnante de anárquico hibridismo, delante del cual la práctica inglesa de celebrar matrimonio sólo dentro de la propia estirpe se verá como un ideal de refinamiento y de pureza. Los arios primitivos del Indostán ensayaron precisamente este sistema inglés para defenderse de la mezcla con las razas de color, pero como esas razas obscuras poseían una sabiduría necesaria para completar la de los invasores rubios, la verdadera cultura indostánica no se produjo sino después de que los siglos consumaron la mezcla, a pesar de todas las prohibiciones escritas. Y la mezcla fatal fue útil no sólo por razones de cultura, sino porque el mismo individuo físico necesita renovarse en sus semejantes. Los norteamericanos se sostienen muy firmes en su resolución de mantener pura su estirpe; pero eso depende de que tienen delante al negro, que es como otro polo, como el contrario de los elementos que pueden mezclarse. En el mundo iberoamericano el problema no se presenta con caracteres tan crudos; tenemos poquísimos negros y la mayor parte de ellos se han ido transformando ya en poblaciones mulatas. El indio es buen puente de mestizaje. Además, el clima cálido es propicio al trato y reunión de todas las gentes. Por otra parte, y esto es fundamental, el cruce de las distintas razas no va a obedecer a razones de simple proximidad, como sucedía al principio, cuando el colono blanco tomaba mujer indígena o negra porque no había otra a mano. En lo sucesivo, a medida que las condiciones sociales mejoren, el cruce de sangre será cada vez más espontáneo, a tal punto que no estará ya sujeto a la necesidad, sino al gusto; en último caso, a la curiosidad. El motivo espiritual se irá sobreponiendo de esta suerte a las contingencias de lo físico. Por motivo espiritual ha de entenderse, más bien que la reflexión, el gusto que dirige el misterio de la elección de una persona entre una multitud. Dicha ley del gusto como norma de las relaciones humanas la hemos enunciado en diversas ocasiones con el nombre de la ley de los tres estados sociales, definidos no a la manera cotidiana, sino con una comprensión más vasta. Los tres estados que esta ley señala son: el material o guerrero, el intelectual o político y el espiritual o estético. Los tres estados representan un proceso que gradualmente nos va libertando del imperio de la necesidad y, poco a poco, va sometiendo la vida entera a las normas superiores del sentimiento y de la fantasía. En el primer estado manda sólo la materia; los pueblos, al encontrarse, combaten o se juntan sin más ley que la violencia y el poderío relativo. Se exterminan unas veces o celebran acuerdos atendiendo a la conveniencia o a la necesidad. Así viven la horda y la tribu de todas las razas. En semejante situación la mezcla de sangres se ha impuesto también por la fuerza material, único elemento de cohesión de un grupo. No puede haber elección donde el fuerte toma o rechaza, conforme a su capricho, la hembra sometida.
    Por supuesto que ya desde ese período late en el fondo de las relaciones humanas el instinto de simpatía que atrae o repele conforme a ese misterio que llamamos el gusto, misterio que es la secreta razón de toda estética; pero la sugestión del gusto no constituye el móvil predominante del primer período, como no lo es tampoco del segundo, sometido a la inflexible norma de la razón. También la razón está contenida en el primer período como origen de conducta y de acción humanas; pero es una razón débil, como el gusto oprimido; no es ella quien decide, sino la fuerza, y a esa fuerza, comúnmente brutal, se somete el juicio, convertido en esclavo de la voluntad primitiva. Corrompido así el juicio en astucia, se envilece para servir a la injusticia. En el primer período no es posible trabajar por la fusión cordial de las razas, tanto porque la misma ley de la violencia a que está sometido excluye las posibilidades de cohesión espontánea, cuanto porque ni siquiera las condiciones geográficas permitían la comunicación constante de todos los pueblos del planeta.
    En el segundo período tiende a prevalecer la razón que artificiosamente aprovecha las ventajas conquistadas por la fuerza y corrige sus errores. Las fronteras se definen en tratados y las costumbres se organizan conforme a las leyes derivadas de las conveniencias recíprocas y la lógica; el romanismo es el más acabado modelo de este sistema social racional, aunque en realidad comenzó antes de Roma y se prolonga todavía en esta época de las nacionalidades. En este régimen, la mezcla de las razas obedece en parte al capricho de un instinto libre que se ejerce por debajo de los rigores de la norma social, y obedece especialmente a las conveniencias éticas o políticas del momento. En nombre de la moral, por ejemplo, se imponen ligas matrimoniales, difíciles de romper, entre personas que no se aman; en nombre de la política se restringen libertades interiores y exteriores; en nombre de la religión, que debiera ser la inspiración sublime, se imponen dogmas y tiranías; pero cada caso se justifica con el dictado de la razón, reconocido como supremo de los asuntos humanos. Proceden también conforme a lógica superficial y a saber equívoco quienes condenan la mezcla de razas en nombre de una eugénica que, por fundarse en datos científicos incompletos y falsos, no ha podido dar resultados válidos. La característica de este segundo período es la fe en la fórmula; por eso en todos sentidos no hace otra cosa que dar norma a la inteligencia, Smites a la acción, fronteras a la patria y frenos al sentimiento. Regla, norma y tiranía, tal es la ley del segundo período en que estamos presos y del cual es menester salir.
    En el tercer período, cuyo advenimiento se anuncia ya en mil formas, la orientación de la conducta no se buscará en la pobre razón, que explica pero no descubre; se buscará en el sentimiento creador y en la belleza que convence. Las normas las dará la facultad suprema: la fantasía; es decir, se vivirá sin norma, en un estado en que todo cuanto nace del sentimiento es un acierto. En vez de reglas, inspiración constante. Y no se buscará el mérito de una acción en su resultado inmediato y palpable, como ocurre en el primer período; ni tampoco se atenderá a que se adapte a determinadas reglas de razón pura; el mismo imperativo ético será sobrepujado, y más allá del bien y del mal, en el mundo del pathos estético, sólo importará que el acto, por ser bello, produzca dicha. Hacer nuestro antojo, no nuestro deber; seguir el sendero del gusto, no el del apetito ni el del silogismo; vivir el júbilo fundado en amor, ésa es la tercera etapa.
    Desgraciadamente, somos tan imperfectos que para lograr semejante vida de dioses será menester que pasemos antes por todos los caminos; por el camino del deber, donde se depuran y superan los apetitos bajos; por el camino de la ilusión, que estimula las aspiraciones más altas. Vendrá enseguida la pasión, que redime de la baja sensualidad. Vivir en pathos, sentir por todo una emoción tan intensa que el movimiento de las cosas adopte ritmos de dicha, he ahí un rasgo del tercer período. A él se llega soltando el anhelo divino, para que alcance, sin puentes de moral y de lógica, de un solo ágil salto, las zonas de revelación. Don artístico es esa intuición inmediata que brinca sobre la cadena de los sorites y, por ser pasión, supera desde el principio el deber y lo reemplaza con el amor exaltado. Deber y lógica, ya se entiende que uno y otro son andamios y mecánica de la construcción; pero el alma de la arquitectura es ritmo que trasciende el mecanismo y no conoce más ley que el misterio de la belleza divina.
    ¿Qué papel desempeña en este proceso ese nervio de los destinos humanos, la voluntad que esta cuarta raza llegó a deificar en el instante de embriaguez de su triunfo? La voluntad es fuerza, la fuerza ciega que corre tras de fines confusos; en el primer período la dirige el apetito, que se sirve de ella para todos sus caprichos; prende después su luz la razón, y la voluntad se refrena en el deber y se da formas en el pensamiento lógico. En el tercer período la voluntad se hace libre, sobrepuja lo finito, y estalla y se anega en una especie de realidad infinita; se llena de rumores y de propósitos remotos; no le basta la lógica y se pone las alas de la fantasía; se hunde en lo más profundo y vislumbra lo más alto; se ensancha en la armonía y asciende en el misterio creador de la melodía; se satisface y se disuelve en la emoción y se confunde con la alegría del universo: se hace pasión de belleza.
    Si reconocemos que la Humanidad gradualmente se acerca al tercer período de su destino, comprenderemos que la obra de fusión de las razas se va a verificar en el continente iberoamericano conforme a una ley derivada del goce de las funciones más altas. Las leyes de la emoción, la belleza y la alegría regirán la elección de parejas, con un resultado infinitamente superior al de esa eugénica fundada en la razón científica que nunca mira más que la porción menos importante del suceso amoroso. Por encima de la eugénica científica prevalecerá la eugénica misteriosa del gusto estético. Donde manda la pasión iluminada no es menester ningún correctivo. Los muy feos no procrearán, no desearán procrear; ¿qué importa entonces que todas las razas se mezclen si la fealdad no encontrará cuna? La pobreza, la educación defectuosa, la escasez de tipos bellos, la miseria que vuelve a la gente fea, todas estas calamidades desaparecerán del estado social futuro. Se verá entonces repugnante, parecerá un crimen, el hecho hoy cotidiano de que una pareja mediocre se ufane de haber multiplicado miseria. El matrimonio dejará de ser consuelo de desventuras que no hay por qué perpetuar, y se convertirá en una obra de arte.
    Tan pronto como la educación y el bienestar se difundan, ya no habrá peligro de que se mezclen los más opuestos tipos. Las uniones se efectuarán conforme a la ley singular del tercer período, la ley de simpatía, refinada por el sentido de la belleza. Una simpatía verdadera y no la falsa que hoy nos imponen la necesidad y la ignorancia. Las uniones, sinceramente apasionadas y fácilmente deshechas en caso de error, producirán vástagos despejados y hermosos. La especie entera cambiará de tipo físico y de temperamento, prevalecerán los instintos superiores y perdurarán, como en síntesis feliz, los elementos de hermosura, que hoy están repartidos en los distintos pueblos…
    Cada raza que se levanta necesita constituir su propia filosofía, el deux ex machina de su éxito. Nosotros nos hemos educado bajo la influencia humillante de una filosofía ideada por nuestros enemigos, si se quiere de una manera sincera; pero con el propósito de exaltar sus propios fines y anular los nuestros. De esta suerte nosotros mismos hemos llegado a creer en la inferioridad del mestizo, en la irredención del indio, en la condenación del negro, en la decadencia irreparable del oriental. La rebelión de las armas no fue seguida de la rebelión de las conciencias. Nos rebelamos contra el poder político de España y no advertimos que, junto con España, caímos en la dominación económica y moral de la raza que ha sido señora del mundo desde que terminó la grandeza de España. Sacudimos un yugo para caer bajo otro nuevo. El movimiento de desplazamiento de que fuimos víctimas no se hubiese podido evitar aunque lo hubiésemos comprendido a tiempo. Hay cierta fatalidad en el destino de los pueblos lo mismo que en el destino de los individuos; pero ahora que se inicia una nueva fase de la Historia se hace necesario reconstituir nuestra ideología y organizar conforme a una nueva doctrina étnica toda nuestra vida continental. Comencemos, entonces, haciendo vida propia y ciencia propia. Si no se liberta primero el espíritu, jamás lograremos redimir la materia. Tenemos el deber de formular las bases de una nueva civilización, y por eso mismo es menester que tengamos presente que las civilizaciones no se repiten ni en la forma ni en el fondo. La teoría de la superioridad étnica ha sido simplemente un recurso de combate común a todos los pueblos batalladores; pero la batalla que nosotros debemos de librar es tan importante que no admite ningún ardid falso. Nosotros no sostenemos que somos ni que llegaremos a ser la primera raza del mundo, la más ilustrada, la más fuerte y la más hermosa. Nuestro propósito es todavía más alto y más difícil que lograr una selección temporal. Nuestros valores están en potencia, a tal punto que nada somos aún. Sin embargo, la raza hebrea no era para los egipcios arrogantes otra cosa que una ruin casta de esclavos, y de ella nació Jesucristo, el autor del mayor movimiento de la Historia, el que anunció el amor de todos los hombres. Este amor será uno de los dogmas fundamentales de la quinta raza que ha de producirse en América. El cristianismo libera y engendra vida, porque contiene revelación universal, no nacional; por eso tuvieron que rechazarlo los propios judíos, que no se decidieron a comulgar con gentiles. Pero la América es la patria de la gentilidad, la verdadera tierra de promisión cristiana. Si nuestra raza se muestra indigna de este suelo consagrado, si llega a faltarle el amor, se verá suplantada por pueblos más capaces de realizar la misión fatal de aquellas tierras; la misión de servir de asiento a una humanidad hecha de todas las naciones y todas las estirpes. La biótica que el progreso del mundo impone a la América de origen hispánico no es un credo rival que frente al adversario dice: «te supero o me basto» sino una ansia infinita de integración y de totalidad que por lo mismo invoca al universo, La infinitud de su anhelo le asegura fuerza para combatir el credo exclusivista del bando enemigo y confianza en la victoria que siempre corresponde a los gentiles. El peligro más bien está en que nos ocurra a nosotros lo que a la mayoría de los hebreos, que por no hacerse gentiles perdieron la gracia originada en su seno. Así ocurriría si no sabemos ofrecer hogar y fraternidad a todos los hombres; entonces otro pueblo servirá de eje, alguna otra lengua será el vehículo; pero ya nadie puede contener la fusión de las gentes, la aparición de la quinta era del mundo, la era de la universalidad y el sentimiento cósmico.
    La doctrina de formación sociológica, de formación biológica, que en estas páginas enunciamos, no es un simple esfuerzo ideológico para levantar el ánimo de una raza deprimida ofreciéndole una tesis que contradice la doctrina con que habían querido condenarla sus rivales. Lo que sucede es que, a medida que se descubre la falsedad de la premisa científica en que descansa la dominación de las potencias contemporáneas, se vislumbran también, en la ciencia experimental misma, orientaciones que señalan un camino, ya no para el triunfo de una raza sola, sino para la redención de todos los hombres. Sucede como si la palingenesia anunciada por el cristianismo, con una anticipación de millares de años, se viera confirmada actualmente en las distintas ramas del conocimiento científico. El cristianismo predicó el amor como base de las relaciones humanas, y ahora comienza a verse que sólo el amor es capaz de producir una Humanidad excelsa. La política de los Estados y la ciencia de los positivistas, influenciada de una manera directa por esa política, dijeron que no era el amor la ley, sino el antagonismo, la lucha y el triunfo del apto, sin otro criterio para juzgar la aptitud que la curiosa petición de principio contenida en la misma tesis, puesto que el apto es el que triunfa y sólo triunfa el apto. Y así, a fórmulas verbales y viciosas de esta índole se va reduciendo todo el saber pequeño que quiso desentenderse de las revelaciones geniales para sustituirlas con generalizaciones fundadas en la mera suma de los detalles. . .
    Tenemos, pues, en el continente todos los elementos de la nueva humanidad; una ley que irá seleccionando actores para la creación de tipos predominantes, ley que operará no conforme a criterio nacional, como tendría que hacerlo una sola raza conquistadora, sino con criterio de universalidad y belleza; y tenemos también el territorio y los recursos naturales. Ningún pueblo de Europa podría reemplazar al iberoamericano en esta misión, por bien dotado que esté, pues todos tienen su cultura ya hecha y una tradición que para obras semejantes constituye un peso. No podría substituirnos una raza conquistadora, porque fatalmente impondría sus propios rasgos, aunque sólo sea por la necesidad de ejercer la violencia para mantener su conquista. No pueden llenar esta misión universal tampoco los pueblos del Asia, que están exhaustos o, por lo menos, faltos del arrojo necesario a las empresas nuevas.
    La gente que está formando la América hispánica, un poco desbaratada, pero libre de espíritu y con el anhelo en tensión a causa de las grandes regiones inexploradas, puede todavía repetir las proezas de los conquistadores castellanos y portugueses. La raza hispánica en general tiene todavía por delante esta misión de descubrir nuevas zonas en el espíritu, ahora que todas las tierras están explotadas.
    Solamente la parte ibérica del continente dispone de los factores espirituales, la raza y el territorio que son necesarios para la gran empresa de iniciar la era universal de la humanidad. Están allí todas las razas que han de ir dando su aporte: el hombre nórdico, que hoy es maestro de acción, pero que tuvo comienzos humildes y parecía inferior en una época en que ya habían aparecido y decaído varias grandes culturas; el negro, como una reserva de potencialidades que arrancan de los días remotos de la Lemuria; el indio, que vio perecer la Atlántida, pero guarda un quieto misterio en la conciencia; tenemos todos los pueblos y todas las aptitudes, y sólo hace falta que el amor verdadero organice y ponga en marcha la ley de la Historia.
    Muchos obstáculos se oponen al plan del espíritu, pero son obstáculos comunes a todo progreso. Desde luego, ocurre objetar que cómo se van a unir en concordia las distintas razas si ni siquiera los hijos de una misma estirpe pueden vivir en paz y alegría dentro del régimen económico y social que hoy oprime a los hombres. Pero tal estado de los ánimos tendrá que cambiar rápidamente. Las tendencias todas del futuro se entrelazan en la actualidad: mendelismo en biología, socialismo en el gobierno, simpatía creciente en las almas, progreso generalizado y aparición de la quinta raza que llenará el planeta, con los triunfos de la primera cultura verdaderamente universal, verdaderamente cósmica…
    José Vasconcelos

  6. mangostan said,

    VICTORIA BLANCA.
    Santiago Pando
    Pongámonos de acuerdo en el desacuerdo. Café tacuba.

    Es mejor ver la realidad nacional libre de prejuicios y colores. La razón ciega la verdad. Lo que está pasando en México es inédito. Es el despertar masivo de una conciencia colectiva, libre e independiente.

    Hoy la verdad superior del país ya no es política, sino ciudadana. Esa es la evolución mexicana.

    Una masa crítica unida por encima de las diferencias políticas. La izquierda y la derecha encontrando un lugar común. El hartazgo nos enseñó que somos de la misma sangre: hermanos de la misma resistencia.

    Y el voto blanco ha sido el punto de reunión. El corazón que nos ha hecho de nuevo vibrar de esperanza.

    Como bien lo dijo Denisse Dresser: anular es votar. Y es hacer, además, política ciudadana. El voto nulo ha hecho, en unos cuantos meses, más por la política de este país, que los partidos en los 9 años que lleva la alternancia. (Puedo vaticinar que en los próximos meses se lograrán más avances democráticos que en toda la última década).

    Gracias al voto blanco, por ejemplo, López Obrador y Germán Martínez descubrieron que pueden ponerse de acuerdo y trabajar en el mismo sentido, aunque sea sólo para denostarlo. Por primera vez, toda la clase política se unió en una causa común. Sin darse cuenta, claro, que ellos mismos eran los principales publicistas del voto nulo.

    Basta una mirada a la doble moral mostrada por el PAN en el escándalo de su candidato en San Pedro, Nuevo León; o la corrupción e impunidad mostrada por todos en la tragedia de la guardería de Sonora; y la tragicomedia de la izquierda, con el surrealismo de la delegación Iztapalapa, para darse cuenta del porqué el voto blanco es de lo único que se habla en el país.

    De hecho, fue la única propuesta que realmente se debatió. Y no la propuso ningún partido político, por cierto.

    ¿Qué fue lo que realmente abrió la caja de pandora, como Germán Martínez definió al voto blanco, el hartazgo ciudadano o la impunidad y el cinismo de los políticos?

    ¿Quiénes fueron los que bombardearon de miedo, violencia y odio al país a través de los medios de comunicación? ¿Quiénes fueron los que traicionaron sus propios principios y causas para acabar convertidos en copia calca de los vicios del pasado? ¿Quiénes fueron los que dinamitaron la credibilidad del IFE? ¿Quiénes aprobaron una reforma electoral que sólo camina en reversa?

    ¿Quiénes son los que ignoraron el grito silencioso de las marchas blancas a favor de la seguridad?

    Queda claro que la clase política de plano no entiende lo que está sucediendo. El México al que ellos le hablan, ya no existe. Los ciudadanos ya abrimos los ojos. La guerra sucia electoral limpió nuestras miradas. Ya no queremos ser cómplices. Basta de votar por el menos malo para que las cosas estén cada vez peor.

    ¿De qué nos sirven partidos políticos que sólo representan, por conveniencia, a su voto duro? Los poderes fácticos son los únicos que están fielmente representados en el sistema político que agoniza. Votar por los mismos es sostener lo insostenible.

    Elegir es un derecho divino. Es un acto sagrado de libertad e independencia. En nuestras manos está la posibilidad de elegir cambiar el estado de la nación. Podemos elegir el amor en vez del miedo. La paz en vez de la guerra. El perdón en vez del rencor. La abundancia en vez de la miseria. La justicia en vez de la impunidad. La verdad en vez de la mentira oficial. Podemos elegir unirnos en el blanco.

    Por eso, este 5 de julio, la victoria, pase lo que pase, ya es blanca. El sistema ha sido derrotado por sí mismo. La serpiente mordiéndose la cola. Señal de la muerte y la transformación.

    Y ante el colapso total, el Presidente ha quedado mudo.

    Quizá ese silencio pueda ser su tabla de salvación, si pone la mano en su corazón y comprende lo que realmente está pasando en el país. ¿De qué lado de la historia quiere estar? Que recuerde que ni la independencia, ni la revolución estaban contempladas entre los planes de los gobiernos que las precedieron. Ninguna encuesta puede revelarle la evolución que ya se gestó en el país. Se nace desde el mundo interior, el corazón es el gran transformador.

    Es el tiempo señalado para la evolución mexicana: el despertar masivo de la conciencia colectiva. Victoria blanca, pacífica y amorosa.

    Un milagro sólo ocurre cuando hay gente que lo cree. Musical de Regina.

  7. mangostan said,

    ES HORA DE CREER.

    Para el que cree, todo es posible. Jesús.

    La Madre tierra, la Pachamama, está en labor de parto. Una nueva conciencia colectiva está naciendo entre nosotros.

    Es hora de creer.

    El colapso del viejo sistema es más que evidente. Son tiempos para estar presentes, porque sino, su inevitable caída puede arrastrarnos e inundarnos de pesimismo. La fe es lo único que en estos momentos compulsivos puede sostenernos.

    Y la fe, a su vez, es el poder creador de la nueva realidad.

    Siempre se pone peor antes de ponerse mejor dicen en la última película de Batman.

    Estamos en el momento de la película donde todo indica que ya perdimos, que no hay manera de salir de ésta situación. Es la prueba de fe, cuando el pasado sólo estorba, y el futuro se ve feo.

    No queda más que entregarse al ahora. Santo remedio.

    Creer es lo único que nos están pidiendo. Entregarnos de corazón ahora que la razón ya no sirve para nada.

    Entregarse es un acto de fe. Es ponerse en manos del Creador.

    Resistirse no es la mejor forma de ayudar en las labores de parto. Juzgar tampoco. Creer es pujar la esperanza. Creer es dilatar la compuerta del amor al máximo. Creer es permitir que la luz se comparta.

    Las contracciones son la señal de que el Ser viene saliendo. La dilatación del sistema es la prueba de que la conciencia ha entrado.

    Se nace y se muere por la misma puerta. La entrada de la conciencia anuncia la salida de luz. Retiembla en sus centros la tierra. El país de los volcanes está haciendo erupción.

    No es un asunto político, ni económico, ni religioso, es una cita con la conciencia galáctica. La misión de uno es creer. Porque lo que estamos viviendo es increíble.

    El amor es la unidad. Sin divisiones y sin culpas.

    Pon la mano en el corazón y vibrarás los jadeos del amor universal.
    Creer es crear.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: